Reminiscencias de un verano atípico

(Agosto-septiembre 2020)

cromlech pais vasco lucio doncel

Me atraen las piedras no solo como objeto a levantar, sino también en esas actividades en las que se puede comprobar como el hombre las ha utilizado ya sea para dejar constancia de sus hechos o para mejorar su modo de vida.

El 12 de agosto, leyendo “País Vasco”, de Pío Baroja, supe de la existencia del Crómlech de Oiartzun. Un crómlech es un monumento megalítico, de carácter funerario, formando por menhires organizados en círculo alrededor de un dolmen. Sé que Oiartzun pertenece a la provincia de Guipúzcoa, pero no lo situaba exactamente. Me pareció que una visita al crómlech podía ser interesante, así que me lo apunté para una de esas visitas que suelo hacer de vez en cuanto a Euskadi.

Desde hace un buen número de años el 15 de agosto se celebra el “Campeonato de Mallabia” de Levantamiento de Piedras, donde los harrijasotzaileak trabajan con las piedras cilíndrica y esférica de 100 kilos, en una tanda de cinco minutos para cada una. Este 2020 participaba Julio Jiménez, así que Sergio Mielgo y yo fuimos hasta allí para ayudarle.

Salimos de Madrid pronto. Teníamos cita en Etxalar con nuestro amigo “Santxin”, quien nos iba a preparar material específico para harri-jasotze. De camino a esta localidad navarra, cerca de la frontera con Francia, vimos un cartel que indicaba dónde estaba Oiartzun. Le hablé a Sergio del crómlech. Teníamos tiempo y no estábamos lejos. Sergio me propuso que intentáramos encontrarlo después de estar con “Santxin”.

Seguimos los carteles y llegamos a un aparcamiento donde había que dejar el coche. Un matrimonio nos indicó el camino a seguir: fácil, monte arriba. Empezamos a subir y no tardamos en entender lo que los levantadores antiguos llaman “hacer monte”. Íbamos a buen ritmo, pero el camino se empinaba y se empinaba… Después de subir más de media hora llegamos al  crómlech. Hay una placa explicando lo que es, pero no queda demasiado de lo que debió ser. Se intuye y, con un poco de imaginación, hasta se ve. Eché de menos alguna piedra por los alrededores para levantarla y “celebrar” la visita.

cromlech y lucio doncel

La zona, diría que en una de las cimas del monte, era plana y con mucho  verde, pero las piedras brillaban por su ausencia. Aun así, el crómlech, el silencio que allí reinaba, hizo que sintiésemos que la visita había merecido la pena.

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hercules farnesio y lucio doncel

Unos días después de regresar de Euskadi marché a Conil de la Frontera, en la provincia de Cádiz, donde había decidido pasar unos días de vacaciones con mi mujer. Como no podía ser de otro modo, hicimos una visita a Cádiz capital, sin más pretensión que conocerla, dar una vuelta por la ciudad.

En la plaza de Mina nos encontramos con el “Museo de la Cádiz” y decidimos pasar a verlo. La entrada es gratuita y lo único que nos pidieron fue que siguiésemos las normas que en estos tiempos  repiten hasta la saciedad en todos los sitios, y nuestra procedencia. Creo que respondí, o lo hizo mi mujer, pero nada más entrar me quedé con la boca abierta: frente a mí había una estatua de la que he visto multitud de dibujos, fotos, reproducciones, en cursos, revistas, libros, etc., a lo largo de mi vida, la conocida como “Hércules Farnesio”.

La estatua que podemos denominar “original”, es una obra en mármol del escultor ateniense Glykon, copia de un bronce, perdido, que se atribuye a Lisipo. Se encuentra en Nápoles, en el Museo Arqueológico Nacional y fue encontrada en 1546 en Roma, en las Termas de Caracalla. Pasó a formar parte de la colección del cardenal Alejandro Farnesio hasta que en 1787 se trasladó a su emplazamiento actual.

Con la  copia que hay en la “Real Academia de Bellas Artes de San Fernando” (y que no sé si actualmente está expuesta) tengo una curiosa anécdota que ocurrió a principio de la década de los 80 que contaré en otro lugar. También mi relación con el matrimonio Todd y “Iron Game History”, quienes incluso consiguieron una reproducción para su centro, ha hecho que intente conocer todo lo posible no ya sobre el mito Hércules sino sobre la propia estatua. Por supuesto, le hice unas cuantas fotos.

No hablo aquí de levantamiento de piedras, pero no podía obviar este encuentro con mi admirado “Hércules Farnesio”… o con uno de sus hermanos.

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De regreso a Madrid, el 21 de agosto, hicimos una parada en el “Cerro de las Cabezas”, un yacimiento prerromano cuyos orígenes datan del siglo VII a. C. y que desapareció a finales del siglo III a. C. Está situado a las afueras de Valdepeñas, pegado a la A-4, la antiguamente conocida como “Carretera de Andalucía”. He pasado por allí muchas veces y, a pesar de mi afición para conocer este tipo de sitios, nunca había tenido ocasión de visitarlo. Esta vez decidí no dejar pasar la ocasión.

piedra cerro de la cabezas 2
piedra cerro de la cabezas 2

En este caso mi interés no era levantar las piedras que allí descansan, pero es una evidencia clarísima de eso a lo que aludía al principio: el uso de las piedras por el hombre para hacer su vida algo más cómoda y, sobre todo, mejor. No obstante, no pude evitar echar un vistazo a piedras que quedan sueltas, ya sea pegadas a los muros o separadas de estos, como si hubiesen perdido su razón de estar allí. Por supuesto que mi “deformación pétrea” me hizo pensar que alguna de ellas pudo ser empleada en la época para que los jóvenes demostrasen con hechos que habían dejado de ser niños. Llegamos un poco apresurados y no tuvimos mucho  tiempo para hacer la visita, pero por supuesto sí que lo tuve para disparar la imaginación y retrotraerme a aquellos tiempos… levantando bastantes de aquellas piedras.

asentamiento romano cerro de la cabezas

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piedra de levantanmiento verano 2020

Afortunadamente, también he tenido ocasión de levantar alguna de esas piedras con historia, que me gustan, en este verano de 2020. El 13 de septiembre estaba programado el “Campeonato de Bizkaia de Piedras Pequeñas”, de nuevo con Julio Jiménez en acción. Como es costumbre, Sergio Mielgo y yo fuimos con él, así que decidimos aprovechar el viaje para hacer un entrenamiento en casa de nuestro amigo “Zelai”. Yo quería que Sergio probase unas piedras para valorar su participación en futuras competiciones. De paso, yo podía probar alguna de las piedras antiguas que hay por allí.

En un programa de ETB, el del homenaje a “Zelai” precisamente, vi unas piedras que parecían antiguas. Una era la “Tabernako Harria” y otra la “Elorrioko Harria”. Pregunté por ellas y me dijeron que la primera era una cilíndrica antigua de unos 125 kilos, mientras que la otra era una rectangular baja, casi cúbica, de unos 120 kilos que es propiedad de “Zelailuze”. Como, todavía, se me antojan muy pesadas para mí, me planteé probar alguna cilíndrica o cúbica que hubiese por allí.

Llegamos a “Zelai Landetxea” y, mientras esperaba para comer, bajé al chamizo donde tienen las piedras. Vi tres antiguas que me gustaron y que pensé que podía intentar levantar. “Zelai” no estaba por allí, así que más tarde preguntaría por ellas. Comí y me fui a descansar un rato.

Cuando llegó “Zelailuze” para entrenar con Sergio, me dijo que dos de las piedras eran las que yo buscaba. La tercera, que me pareció muy abandonada, había sido de su abuelo, Prudencio Oñaederra. Se trata de una cilíndrica muy bajita, con gabillas como agarraderos y que “pesa 99 o 100 kilos”. La marqué como objetivo para ese día.

lucio levantando piedra 100 kilos
lucio levantando piedra 100 kilos 2

Me ayudaron Sergio y Ricardo Pardo, que también había venido a ver el campeonato y se animó a entrenar un poco. Empecé calentando con una cilíndrica de 63 kilos, con el escudo de la federación vizcaína, que había visto más veces por allí. Una tanda de ocho alzadas y otra de cinco. No es muy pesada como para sacar conclusiones pero me sentía bien. Sergio colocó la Cilíndrica de Prudencio Oñaederra delante del “botaleku”. Me agaché a por ella, ¡mucho!, cogí fuerte las gabillas y me fui arriba con decisión. Hubo un punto más duro cuando la piedra estaba perpendicular a mí, pero llegó bien a mi hombro. Me sentí bien, pero esta vez me negué a darme por satisfecho con una alzada, como he hecho con otras piedras. Podía más. Hice una segunda y una tercera alzada, sin reloj, pero sin mucho intervalo entre ellas. Mientras descansaba, Ricardo volvió a hacer una tanda con la cilíndrica de 63 kilos; luego, Sergio volvió a colocar la piedra. Volví a repetir otra tanda de tres alzadas. No quise hacer más, quería tocar la “Tabernako Harria”, que estaba allí al lado. Cuando “Zelai” me vio con ella me dijo: “con esa no vas a poder…” En realidad solo quería probarla. La llevé hasta que quedó paralela al suelo. Me pesó, claro, pero no me pareció imposible. Tiré de ella otra vez, pero “de cara a la galería”. En diciembre de 2020 la pondré en mi hombro. Y espero hacer lo propio con la “Elorrioko Harria”.

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