JOE FRAZIER

Boxeo en la madrugada

         Me ilusionaba imaginarme a Urtain proclamándose campeón del mundo del peso pesado, pero por alguna razón (y no precisamente mis conocimientos boxísticos), era consciente de que era imposible. Por aquella época, Cassius Clay había recuperado la licencia de boxeador que había perdido tras sus problemas con la justicia al negarse a ir a la guerra de Vietnam. El asunto le había privado también del título mundial, pero parecía que ahora había prisa por reestablecerle en el trono de los grandes pesos. Durante su “ausencia” se habían proclamado campeones Jimmy Ellis y Joe Frazier, unificando este último la corona tras vencer a Ellis por K. O. técnico, en cinco asaltos, el 16 de febrero de 1970. Sin embargo, había muchos que no le consideraban un auténtico campeón.

            “…lo hicimos”, dijo Yank (Yancey, Yank, Durham, entrenador de Frazier)

            Maldita sea, claro que lo habíamos hecho. Ya era campeón del peso pesado.

            Por supuesto, los periodistas se aseguraron de quitarnos méritos preguntando si me sentía realmente el campeón.

            “¿Qué se supone que he hecho aquí?, les inquirí.

            Pero comprendí de qué iba el tema… comprendí que el fantasma de Cassius Clay estaba en aquel edificio. [1]

         La reaparición de Muhammad Ali, así era como había que llamar ahora a Cassius,  había revitalizado la categoría reina del boxeo. Cada día leía en el “As” las novedades que se producían. En su asalto al título, Clay acabó en primer lugar con Jerry Quarry: K.O. en el tercer asalto. Después fue el turno del ex campeón Jimmy Ellis, antiguo sparring suyo. Esta pelea fue más dura. Vi imágenes de ella por televisión. Ganó Cassius, aunque no recuerdo si fue por decisión o a los puntos. La prueba de fuego la constituyó el argentino Oscar “Ringo” Bonavena. Un auténtico tipo duro, durísimo. Tuvo a Clay a punto de caramelo, creo que en el asalto catorce, pero éste le terminó mandando a dormir en el quince. Ya no había obstáculos entre Muhammad Ali y Joe Frazier. La fecha y el lugar estaban decididos: 8 de marzo de 1971 en el Madison Square Garden de Nueva York.

         Mi preferido era Frazier. Quería que aplastase al charlatán de Clay. Se le conocía como “El Expreso de Filadelfia” y, como descubrí posteriormente, como “Smokin’ Joe”. Los expertos decían que la contienda estaba muy igualada, pero yo notaba que muy pocos eran los que daban un duro por él. Aunque Fernando Vadillo dijese en las páginas del “As”:“por primera vez en su carrera, el “Loco de Louisville” vacila en el pronóstico”.

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            “El cronista ha creído advertir una nota disonante en el estribillo de las declaraciones que el “Loco de Louisville” formula diariamente a los informadores. Antes de ahora, Cassius Clay se había limitado a  predecir sus victorias, sin referirse ni remotamente a la posibilidad de su derrota. Hoy, en cambio, el ex campeón salpica sus salmodias con el “si pierdo”: “si pierdo, perderé como un hombre”. ¿Verdad que estas palabras jamás había expresado antes de sus combates? Cassius Clay, que es inteligente –“listo como el hambre”, dice la expresión, y él padeció hambre de chico-, no habrá dejado de reparar, en su fuero interno, en la inferioridad de condiciones en que se encuentra con  respecto a Frazier. Tres años y medio de paréntesis en su carrera constituyen un plazo demasiado largo en la trayectoria de un pugilista. El paréntesis se inició cuando estaba en el apogeo de la fuerza, la rapidez, la técnica y la potencia. Cuando era el mejor, el invencible, el dios pagano idolatrado en el pagano altar de las doce cuerdas. Cuando no existía hombre en la tierra capaz de hacerle sombra. Después de tres años y medio de inactividad, Cassius Clay es distinto al que fuera. Pudo observarse en su reaparición frente a Jerry Quarry, que sus reflejos, su movilidad y su pegada no eran los mismos. Y, posteriormente, Oscar “Ringo” Bonavena estuvo a punto de sesgarle las alas en pleno vuelo hacia la reconquista de la corona. Sólo la torpeza de Ringo, su rudo quehacer y su falta de agudeza mental le libraron de una derrota.

            – Vencerá Frazier –ha vuelto a repetirnos hoy Jack Dempsey.

            Pero el cronista no las tiene todas consigo. De acuerdo, estamos de acuerdo en que Clay no es el que fue. Pero como dice el refrán, “el que tuvo, retuvo”, y creemos que Clay retiene lo bastante de su potencia, de su velocidad y de su clase para ganar a Frazier. El cronista ha visto boxear a los dos, en Nueva York y en Londres. Sabe que Frazier es una especie de Rocky Marciano, o de Henry Armstrong –el negro que acaparó tres títulos mundiales y al que apodaban la ametralladora- y sus puños son dos martillos golpeando en la corta distancia y al ataque. Comprende, en fin, el peligro que entraña la figura monolítica, rocosa, tallada en piedra, del actual campeón. ¿Conseguirá derribar a Clay? Es posible, porque Clay no es invulnerable: cayó en Londres frente a Henry Cooper. Pero su adversario tampoco es insensible al puñetazo: cayó en Nueva York a los pies de Oscar “Ringo” Bonavena. Se incorporaron antes del “out”, y barrieron a sus respectivos contrincantes. Pero cayeron. Y todo hace pensar, puestas así las cosas, que el combate de mañana concluya antes del límite.

            – Ganará Clay. Es muy superior a Frazier.

            Esta frase corresponde al bravo “Ringo” y está edificada sobre su experiencia personal. Y a este criterio se une el humilde criterio del cronista.” [2]

         Y no eran sólo las crónicas del maestro Fernando Vadillo las que aumentaban mis temores. Recuerdo una tertulia organizada en Televisión Española (¡sobre boxeo sí! aunque ahora eso ahora pueda parecer algo de ciencia ficción) en la que nadie se “mojaba” hasta que un señor (quizá Francisco Yagüe), que me impresionó con una voz insuflada con la autoridad de quien está seguro de tener conocimiento, respondió secamente: “Clay”, cuando le preguntaron quién iba a ganar. ¡Qué poco me gustó! Aunque tuviese que reconocer que estaba de acuerdo con él, porque una cosa era mi deseo y otra mi presentimiento. De todos modos, ni mi deseo ni mi presentimiento tenían mucha base. Había visto algunas imágenes de la pelea de Clay contra Ellis y (creo que entera) la que sostuvo con Bonavena, pero lo cierto es que ¡no había visto boxear nunca a Frazier!

         Se alababan sin parar las condiciones de Cassius Clay. No ya sólo el famoso “vuela como una mariposa y pica como una avispa”, sino que si tenía la movilidad de un peso ligero y la pegada de un pesado, que si era el mejor de todos los tiempos… Además era un bocazas y un auténtico fantasma. Siempre con sus petulantes apuestas sobre en qué asalto iba a derribar a su contrario. Hasta presumía de ser el más guapo. Supongo que a pesar de todo, tenía algún resquicio de esperanza para que Frazier hiciese lo imposible. Al fin y al cabo…

            “Creo que fue Dempsey quien demostró que ochenta kilos es todo lo que se necesita para tumbar a un tío, por grande que sea. Ochenta kilos y una buena pegada” [3]

         Algo parecido declaró años después el “Ringo” Bonavena al respecto del resultado de un hipotético combate entre Urtain y él (al menos reconocía al morrosko lo de la pegada, porque no le daba más opción). Y a ese clavo era al que yo me agarraba para que mis temores no se hiciesen realidad. ¿Qué podía hacer el pobre Frazier ante el todopoderoso y guapísimo Muhammad Ali?

         El enfrentamiento fue todo un acontecimiento. Fue la primera vez que escuché aquello de “el combate del siglo”, pero era muy joven entonces. Antes ya se había hecho y después se utilizó hasta la saciedad. Clay, fiel a su estilo, se hartó de hablar (y hablar) auto elogiándose y, por supuesto, humillando a su rival (con la boca) tanto como pudo.

            Bien, si hacíamos caso a Clay, yo era una especie de poco convincente espécimen de hombre negro, un Stepin Fetchit (un comediante norteamericano) con pantalones de boxeador:

            “Si le pides a la población negra de este país que elija quién quieren que gane, el 90% dirían que yo. Especialmente los jóvenes. Joe Frazier no representa a los negros. Esperar a ver a quién vitorean cuando nosotros subamos al ring”.

            Y: “Yo no estoy luchando en solitario. Lucho por mucha gente, demostrando que aquí hay un hombre al que ellos no podrán conquistar. Mi misión es traer la libertad a treinta millones de negros. Ganaré porque tengo una causa. Frazier no tiene causa. Él está aquí sólo por el dinero”.

            Y: “Frazier no es un auténtico campeón. Nadie quiere hablarle. ¡Oh! Quizá Nixon le llame si gana. No creo que me llame a mí. Pero el 98% de mi gente está a mi favor. Se identifican con mi lucha. Alguno de ellos está luchando en las calles a diario. Si yo gano, ellos ganan. Yo pierdo, ellos pierden. Cualquier negro que piense que Frazier puede golpearme es un Tío Tom. Todos los negros quieren que gane”.

            Y: “Toda esa gente de Georgia, ellos le dirán a Joe Frazier… ¡Para a ese negro! ¡Vas a ser blanco esta noche! ¡Para a ese negro evadido del ejército!

            Y: “Joe Frazier es demasiado feo para ser campeón. Joe Frazier es demasiado tonto para ser campeón. El campeón del peso pesado debe ser elegante y guapo como yo. Pregunta a Joe Frazier: ¿Cómo te sientes, campeón? Él dirá, Duh, duh, duh”. [4]

         El combate respondió a las expectativas creadas. Entre los fotógrafos acreditados estaba Frank Sinatra, “La Voz”. A pesar de los precios desorbitados a los que se vendieron, se agotaron las localidades. Aquí tuvimos la suerte de que TVE lo retransmitió en directo. Creo que la pelea empezaba sobre las cuatro de la madrugada. Mi padre era un buen aficionado e iba a levantarse para verla, por lo que le insistí para que me despertase a esa hora. Lo intentó, pero hasta el cuarto asalto no conseguí librarme de Morfeo.

            ASALTO 4 Frazier castiga a Alí en las costillas. Al final del asalto, un gancho de izquierda de Frazier impacta en la cabeza de Alí. El aspirante se resiente. [5]

         Muchos años después, gracias a una de mis alumnas, Beatriz Ferrer, conseguí una copia del combate. No hay comentarista, sólo el sonido ambiente. Puede ser que fuese así como se retransmitió. Mi memoria no da para asegurar lo contrario. Lo que sí recuerdo a la perfección es que yo veía que pasaban los asaltos y que Frazier no sólo aguantaba, sino que le estaba dando duro al fanfarrón de Clay. ¡Podía ganar! ¡Estaba seguro de que iba a ganar!

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            DECIMOQUINTO ASALTO  Un asalto dramático. Frazier sale dispuesto a todo y coloca un crochet limpio y perfecto a la mandíbula de Clay, que cae de espaldas, completamente tocado. El árbitro no le cuenta, pero es evidente que Cassius Clay, por primera vez en su vida, está al borde del k. o. El fuera de combate no llega a producirse porque Clay traba constantemente, buscando llegar al final del combate en pie, pese a recibir golpes precisos de Frazier. El asalto termina al fin sin que Frazier haya conseguido vencer por k. o. a Clay. Pero la ventaja por puntos a su favor es clara. [6]

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         No me cabía duda alguna. Mis elementos de juicio sólo estaban apoyados en la pasión, pero Frazier había ganado. Seguro. No podía ser de otra manera. ¡Si hasta había puesto sobre la lona a Clay! Hecho un manojo de nervios esperé el veredicto final.

            “La decisión de los jueces es unánime: 8 asaltos a 6 y uno empatado según el arbitro Arthur Mercante, 9-6 según el juez Artie Aidala, y 11-4 según Bill Rect. Frazier sigue siendo el campeón.” [7]

         ¡Frazier había ganado! Ya no podía discutirse quien era el verdadero campeón. Clay tenía que cerrar su enorme bocaza.

            “¡Cassius Clay, derrotado! Las puertas del Madison Square Garden se abren como compresas para descargar el torrente humano en la plaza de Pennsylvania. Son las doce de la noche y la noticia rueda con la multitud por las grandes avenidas de Manhattan. ¡Joe Frazier ha vencido a Cassius Clay! Le ha tumbado un par de veces en la lona y le ha vencido por puntos al cabo de quince asaltos dramáticos. En sólo cuarenta y cinco minutos de lucha –lo que se dice en un abrir y cerrar de ojos- ha muerto para siempre la leyenda y el mito del boxeador más sensacional de nuestro tiempo. Del más espectacular y colorista, del más exótico y vocinglero, del más admirado y aborrecido por las muchedumbres, del que supo despertar de su letargo a un deporte que empezó a declinar con el ocaso de Joe Louis Barrow hace dos décadas. Cassius Clay ha caído, y con su caída se ha derrumbado el castillo de naipes de nuestra esperanza. Confiábamos en él –como dijimos en las pantallas de TVE días antes de emprender viaje a Nueva York-, porque esperábamos que los dos meses transcurridos desde su deficiente actuación ante Oscar “Ringo” Bonavena los hubiese empleado en mejorar su puesta a punto, en acelerar la lentitud de sus reflejos y recuperar, en parte –aunque sólo fuera en parte-, la velocidad de movimientos que tantos y tan fulminantes triunfos le valieran en la primera etapa de su carrera.” [8]

         Se equivocaba Fernando Vadillo enterrando tan pronto a Muhammad Ali; le quedaban todavía por escribir algunas de las mejores páginas de su historia. Pero lo que a mí me importaba es que Joe Frazier estaba en la cima. No puedo decir por qué. ¿Quizá porque su boxeo era racial, pleno de fuerza? Probablemente sí.

            “Hay boxeadores que saben justo dónde pegar: les gusta hacer daño, dar un paso atrás y ver la cara de dolor de su adversario. Joe Frazier era así, decía que no le gustaba noquear en seguida a sus rivales, sino golpear rápido, alejarse y contemplar su terror. De haber podido, Tyson hubiera optado por hundir el hueso de la nariz en el cerebro al primer puñetazo, pero Frazier era más primitivo todavía, se parecía más al Minotauro: prefería comerse el corazón” [9]

         Joe Frazier era natural de Beaumont (Carolina del Sur), donde había nacido el 12 de enero de 1944. Era el más pequeño de una familia de trece hermanos, de la que era el séptimo varón. Allí, nadie le conocía por su nombre, incluso sus familiares le llamaban “Billy Boy”. La escasez de recursos disponibles hizo que Joe, o “Billy”,  tuviese que aprender a endurecerse pronto; a los seis años ya trabajaba doce horas diarias en una plantación ayudando a su padre, Rubin. Éste había perdido su brazo izquierdo en un accidente de coche y su hijo tenía que “sustituir” la extremidad perdida. “Si él cogía el martillo, yo sostenía el clavo”.

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         A pesar de todo, en cuanto tenía un rato libre lo aprovechaba para tratar de alcanzar su sueño, que no era otro que convertirse en boxeador, ser el “nuevo Joe Louis”. Colgó un saco de un árbol y practicaba con él siempre que podía. Esta afición no sorprendió a nadie en su familia, ya que eran buenos aficionados al boxeo. De hecho, cuando empezaron a retransmitirse combates por televisión, se reunían ante la pequeña pantalla para presenciarlos.

            “La cita era en la casa de Rubin Frazier. Mamá vendía refrescos por un cuarto de dólar y todos nosotros veíamos a grandes púgiles como Ray Sugar Robinson, Rocky Marciano, Willie Pep, Rocky Graziano. Una noche, cuando iba por el porche para entrar en la casa, mi tío Israel se me quedó mirando y, observando mi fuerte constitución física, dijo a los otros: Este chaval… este chaval va a ser otro Joe Louis”.[10]

         Su juventud transcurrió a una velocidad de vértigo. A los dieciséis años se casó con Florence y se marcharon al norte en busca de mejores oportunidades de vida. Tras un breve paso por Nueva York, siguió a algunos de sus hermanos a Filadelfia, donde se estableció definitivamente.

         No tardó en inscribirse en un gimnasio para practicar su deporte favorito, aunque hay rumores que dicen que esa no fue la auténtica razón por la que empezó, ya de modo más serio, a dar sus primeros pasos como púgil.

            “Frazier se puso tan corpulento que, según las malas lenguas, si decidió acudir al gimnasio de la Liga Atlética de la Policía, en la calle 23, fue para controlar su peso, pero él insistía que lo único que le movió a ir a aquel gimnasio fueron sus ganas de llegar a ser campeón del mundo. Allí hizo gran amistad con el sargento Duke Dugent, jefe de entrenadores y director habitual de las instalaciones. Un día, el policía le llevó ante el responsable local del boxeo profesional Yank Durham, quien quedó impresionado por la fuerza con la que Joe estaba golpeando el saco de entrenamiento. “A ver cómo sacas humo al saco, Joe”, le dijo. Frazier pasó a ser “Smokin’ Joe” (del inglés smoke, humo) y se puso bajo la disciplina de Durham.”  [11]

         Yank Durham le hizo boxeador. Trabajó duro para mejorar sus puntos fuertes: el letal gancho de izquierda, esa energía que parecía inagotable y la actitud de “no hacer prisioneros” que tantas victorias le dio.

         Su carrera como amateur estuvo plagada de éxitos. A los diecinueve años ganó el “Guante de Oro” de la división del Atlántico Medio. Revalidó el título al año siguiente y alcanzó las pruebas de selección del equipo estadounidense para los Juegos Olímpicos de 1964. Una sola derrota, ante Buster Mathis, le hizo tener que quedarse como reserva del equipo. Sin embargo, en un combate de exhibición entre ambos Mathis se rompió un dedo al golpear a Frazier en la cara, lo que hizo que presentase su renuncia a acudir a Tokio. Joe siempre ha opinado que Mathis, de haber querido, podía haber superado ese percance y haber acudido a los Juegos Olímpicos, pero su carácter poco luchador le impidió hacerlo. De ese modo se ganó el de Carolina del Sur el derecho a estar presente en la capital nipona representando a su país en la categoría de peso pesado.

         Alcanzó la final derrotando al soviético Vadim Yemelyanov y pagando un alto precio por ello: el pulgar de su mano izquierda seriamente dañado. No dijo nada a los entrenadores y acudió a los médicos esperando que le dieran algún analgésico, pero lo único que le ofrecieron fue hielo y ver el dedo con los rayos X. Rechazó la propuesta ya que, si se confirmaban sus temores, ese examen podría impedirle disputar el oro. En esas condiciones se encontró con el alemán Hans Huber, a quien derrotó por un apretado 3-2. Había conseguido lo máximo para un boxeador amateur: el oro olímpico.

         El regresó a Filadelfia no fue tan bonito como podía parecer. Volvió “con la mano y los bolsillos rotos”. El pulgar estaba dislocado y fracturado por varias partes. Hacían falta dos operaciones y seis meses para dejarlo en condiciones. Así, ni podía trabajar ni podía boxear. Encontrar un promotor que confiase en él para lanzar su carrera como boxeador profesional parecía algo imposible.

         En su primera pelea (noqueó a Woody Goss en el primer asalto, el 16 de agosto de 1965) su bolsa ascendió a apenas 125$. El “negocio” era el siguiente: el promotor les daba un determinado número de entradas y según vendiese, así ganaba. Esa fue la cantidad que logró reunir.

         Para los que arriesgaban su dinero con los aspirantes a boxeadores, las dudas residían en que Joe Frazier no era un peso pesado natural. Dudaban de sus posibilidades. Su 1,80 m. de estatura y su envergadura (185 cm.) no parecían augurar lo mejor. Los que creían en él alegaban que Rocky Marciano estaba peor dotado y que su técnica no era demasiado buena, pero ello no terminaba de aclarar el panorama. Fue el propio Joe quien hubo de hacerlo a base de victorias en las escasas ocasiones de que dispuso.

         La solución llegó de la mano de un religioso de Filadelfia, el reverendo Gray. Este hombre, que creía firmemente en las posibilidades de Frazier, conocía al doctor F. Bruce Baldwin, quien había sido presidente de un diario local y ahora era la cabeza visible de “Horn & Hardart Baking Company”. El reverendo Gray estaba convencido de que Baldwin era el hombre que podía financiar la carrera de Frazier y así fue. Reunió a un grupo de cuarenta inversores, tanto de raza negra como de raza blanca, y fundaron “Cloverlay, Inc.”, la empresa que iba a llevar a Joe Frazier hasta el campeonato mundial sin los agobios monetarios que hasta entonces le acuciaban. Ahora sólo tenía que ocuparse de boxear. Y eso sabía hacerlo muy bien.

            “Frazier ganó once combates en un solo año –todos ellos antes del límite- frente a adversarios cada vez más importantes. La hora de la verdad llegó en septiembre de 1966, cuanto se enfrentó en Nueva York con el argentino Oscar Bonavena. Al principio del segundo asalto, Bonavena, pese a tener un corte en la ceja, logró tumbar a Frazier con un golpe de derecha lanzado a la desesperada. El resto del asalto se convirtió en un suplicio para el estadounidense, que, muy presionado, fue derribado por segunda vez. Bonavena lo intentó todo para conseguir un tercer golpe demoledor. Pero Joe aguantó y acabó ganando a los puntos.

            La fortaleza de Frazier se mostró con toda su intensidad cuando, diez meses más tarde, se enfrentó (y derrotó por KO técnico en el cuarto asalto) al duro George Chuvalo, boxeador que había resistido 15 asaltos a Muhammad Alí con el título mundial en juego.”  [12]

         Tras los problemas de Clay con la justicia de su país, no quedó más remedio que buscar un nuevo campeón. La Asociación Mundial de Boxeo (WBA) fue más rápida que el Consejo Mundial de Boxeo (WBC) y dispuso que ocho boxeadores se disputasen el trono mediante un sistema de eliminatorias. Frazier era uno de los elegidos, pero Durham, de acuerdo con su pupilo, decidió que no debía entrar en las eliminatorias puesto que era el único aspirante legítimo al título. Finalmente Jimmy Ellis venció en la final a Jerry Quarry y se hizo con el título de la WBA. Pero el WBC no podía aceptar al campeón de su rival, por lo que programó, siete días antes de la final de la WBA, un combate entre Joe Frazier y Buster Mathis para tener su campeón.

            “Mathis medía 1,90 metros y pesaba 110,5 kilos, 17 más que Joe. Pero el ex campeón olímpico tenía mejor pegada. Un gancho de izquierda de Frazier sobre la cara de su rival obligó al árbitro a detener el combate en el undécimo asalto. “Smokin’ Joe” se había convertido en “campeón de medio mundo” de los pesos pesados, pues sólo fue reconocido en Nueva York, Illinois, Maine, Pennsylvania, Texas y Massachusetts.”  [13]

         Por aquella época, Clay vivía en Cherry Hill, New Jersey, al otro lado del puente de Filadelfia. A menudo andaba por allí tratando de restar importancia al título que acababa de ganar Frazier. En una ocasión esperó a Joe en la puerta de una emisora de radio, montando una de esas escenas que tanto le gustaban al “Loco de Louisville”. Lanzó una derecha a Frazier, que golpeó en su hombro, si bien éste se dio cuenta enseguida que lo único que pretendía era montar una escena. Joe aparentó que le iba a devolver no solo ese golpe, sino bastante más, pero todos los allí presentes, ajenos a la “representación”, se pusieron por medio.  El siempre atinado, y ácido, Yank Durham zanjó la cuestión ante los chicos de la prensa:

            “Si Clay consigue una licencia para pelear, pelearemos con él. Hasta entonces, estaríamos encantados de utilizarle como sparring. ¡Y le pagaríamos por ello!”. [14]

El equipo de Frazier quería reunificar el título cuanto antes, pero el manager de Jimmy Ellis, Angelo Dundee, no tenía ninguna prisa para celebrar ese combate. Pretendía rentabilizarlo y sabía que Joe no era la mejor opción para mantener la “media corona” que poseían. Por ello, hubieron de pasar hasta dos años hasta que la pelea tuvo lugar. En ese tiempo Frazier defendió cuatro veces su título. El combate contra Ellis se disputó el 16 de febrero de 1970. Tras caer éste dos veces a la lona en el cuarto asalto, Angelo Dundee decidió no continuar en el quinto.         Ahora había un solo campeón, pero todavía planeaba la sombra de Cassius Clay. Frazier llegó a decir que iba dedicarse al rock hasta que Ali o Clay, “como quiera que se llame”, estuviese listo para pelear con él. De hecho durante 1970 sólo hizo un combate más ante Bob Foster, de quien se deshizo en dos asaltos. Tres semanas antes había reaparecido Muhammad Ali contra Jerry Quarry.

            “El primer combate entre Frazier y Alí fue la primera ocasión en que se enfrentaban los dos campeones invictos de los pesos pesados. Alí volvía de su retiro forzoso tras haberse negado a luchar en Vietnam. Durante ese exilio, Frazier se había adjudicado el título unificado de la categoría. El duelo fue anunciado como “El combate del siglo”, aunque algunos publicistas lo llamaron, simplemente, “El combate”.

            El cambio de orientación de la opinión pública norteamericana respecto al tema de la guerra convirtió a Alí en el “campeón del pueblo”. Frazier, por su parte, era visto como un esbirro del sistema. La situación fue aprovechada por el siempre avispado Alí, que presentó a su rival ante la comunidad negra como el nuevo Tío Tom, como un verdadero “blanco”. Frazier llegó a ser abucheado al subir al cuadrilátero en un acto de promoción celebrado en Filadelfia.

            Los ataques verbales de Muhammad Alí hicieron mella en el estado de ánimo del introspectivo Frazier, que optó por reservar sus sentimientos para el día del combate. En realidad, Joe podía presumir de tener la piel más negra que el propio Alí. Por su parte, Alí realizó su habitual predicción (Frazier caería en el sexto asalto).

            Poco después de las 22,30 mientras el árbitro recordaba a ambos púgiles las reglas del combate, Alí, tras dar un golpecito en la cabeza de Joe, soltó el último de sus improperios: “Zoquete”. De la boca de Frazier tan sólo salió un susurro: “Te voy a matar”.  [15]

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         Se llegó a escribir que tras el combate Joe Frazier se había ido a actuar a un hotel con su grupo musical, los “knockouts”, pero lo cierto es que tanto vencedor como vencido acabaron en el hospital, tal fue la dureza del enfrentamiento. El campeón estuvo apartado de la práctica del boxeo por espacio de diez meses. Durante 1972 hizo dos defensas voluntarias de su título, venciendo en ambas antes del límite. Frazier estaba en el pináculo de la gloria y parecía indestructible. Así llegó su defensa contra George Foreman. Era un gigante que, al igual que el campeón, estaba imbatido. De 37 combates había ganado 34 antes del límite. Aun así, las apuestas se inclinaban unánimemente a favor de Frazier.

            “Frazier planteó la batalla con su táctica preferida, aquélla que tan buenos resultados le había proporcionado: avanzar golpeando e intentar zafarse de la contra del rival para anular de esta manera su mayor envergadura. Pero Foreman fue esta vez un enemigo demasiado grande y poderoso. Manteniendo la distancia con la izquierda, Foreman consiguió descargar contra Joe un tremendo derechazo que le dejó literalmente sentado. Frazier se puso en pie y volvió a la carga. Avanzó como un poseso para obtener como recompensa otro golpe demoledor que le derribó sobre la lona al final del primer asalto. Frazier volvió a caer en tres ocasiones en el segundo asalto, lo que obligó al árbitro a detener la pelea. A Foreman le bastaron 275 segundos para derribar en seis ocasiones a Frazier y reclamar la corona mundial.

            Joe había disputado tan sólo diez asaltos en tres combates desde su victoria frente a Alí, por lo que tras la humillación sufrida ante Foreman muchos se llegaron a plantear la posibilidad de que el volcán que Joe guardaba en su interior se hubiera extinguido y que no volviera a echar humo jamás.  [16]

         Entre esos estaba yo. Me sorprendió su derrota, aunque más por el modo en que su produjo que por la derrota como tal. Foreman venía pegando fuerte, muy fuerte y era un rival que perfectamente podía derrotar al campeón tal y como sucedió. El ambiente que rodeaba a Frazier, además, daba la sensación de pensar más en la revancha contra Clay que en cualquier otra cosa. Por supuesto, todo se fue al traste.

         La reaparición se produjo en Europa, en Londres. Allí Frazier se impuso a los puntos en doce asaltos al campeón europeo Joe Bugner. Llegó, entonces, el segundo combate con Muhammad Ali. Éste tampoco encontraba el camino que le llevase al cetro mundial. Había perdido ante Ken Norton, pero al ganarle en la inminente revancha se había hecho con el título de campeón americano. No obstante, la excusa para un segundo enfrentamiento entre Frazier y Ali era conseguir la oportunidad de disputar el título mundial a Foreman.

         Esta segunda pelea, celebrada el 1 de enero de 1974, no fue tan encarnizada como la primera, lo que perjudico a Frazier. Ali se limitó a desplegar su gama de golpes largos para mantener a su rival a distancia. Los jueces le dieron vencedor unánime.

            “La sensacional pelea de 1971 dejó paso a una secuela de menor intensidad, también en el Madison. Ali y Frazier no se jugaban el título, en poder de Foreman. Ali ganó por puntos y selló su pasaporte para Kinshasa”. [17]

         Clay recuperó el título ante George Foreman, al derrotarlo por K.O. en el octavo asalto, en Kinshasa (Zaire), el 30 de octubre de 1974. Frazier, quien restó importancia a este triunfo (“Foreman estaba enfermo. O como mínimo fuera de forma… Foreman no debió de haber peleado aquella noche… Con Foreman en buena forma, el Ali de entonces no hubiese ganado ese combate.[18]) se vio obligado a hacer nuevos méritos. Victorias ante antiguos rivales como Jerry Quarry y Jimmy Ellis (los mismos ante los que inició Clay su intento de reconquista del título ante él), ambas por K.O., le condujeron a un tercer combate con Ali. El 1 de octubre de 1975 Cassius Clay (o Muhammad Ali) y Joe Frazier se enfrentaron por tercera vez en lo que se denominó “La batalla de Manila”.

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            “Lanzo a Frazier toda clase de golpes, pero Frazier no cae. Tiene los ojos cerrados pero sigue atacando. La cabeza me duele tanto que me siento mareado. Me obligo a hacerle retroceder, a lanzarle golpes con unas fuerzas que pido prestadas al futuro. En el décimo asalto el dolor es insoportable, y tengo una sensación que nunca había experimentado en un cuadrilátero: estoy al borde la muerte, de mi muerte. No sé cómo sigo lanzando puñetazos. Y Joe sigue replicando. No cae. Ahora sé que Frazier es capaz de dejarse matar antes que darse por vencido”. [19]

         Las crónicas dijeron que había sido una de las mejores actuaciones de Frazier, a pesar de la derrota, en toda su carrera. Puede ser que eso le diese ánimos para volverse a enfrentar a Foreman al año siguiente disputando el título del continente americano. Volvió a ser noqueado, esta vez en cinco asaltos.

            “… en términos de boxeo, lo que yo he estimado siempre ha sido la capacidad de pegada. Y en ese sentido nadie me ha pegado más fuerte que George Foreman. En mis primeros tiempos me pegaron fuerte otros como Eddie Machen o Doug Jones, pero no creo que haya existido nadie con la pegada de Big George.” [20]

         Decidió retirarse, aunque reaparecería cinco años después para hacer nulo con Jumbo Cummings. Sus 37 años, y la inactividad, había hecho mella en la fuerza de Frazier, quien, sin ella, ya no era el mismo. Ya no era aquel que avanzaba balanceando el tronco para esquivar los golpes del rival y lanzando golpes simultáneamente; golpes de aquellos que, como una vez dijo Cassius Clay, podían derribar una pared.

            “En realidad, aún sigo pensando hoy que tendría que haber sido el ganador de los tres combates con Ali. En mis recuerdos, yo no me veo perdedor  de ninguna de esas peleas, aunque ya sabe que la historia me cuenta dos derrotas” [21]

         Económicamente, las cosas no le fueron bien, aunque siempre tuvo amigos a su lado. En julio de 2006 tuvo que someterse a una operación de espalda que fue costeada por Larry Holmes, otro campeón del peso pesado. “Joe es mi amigo y yo hago con mi dinero lo que quiero. Si tuviera cuatro dólares, la mitad sería para él”, declaró Holmes. El propio Muhammad Ali, unos años antes, le había pedido disculpas, a través del “New York Times”: «En el calor de la ocasión, dije cosas sobre Joe Frazier de las que me arrepiento. Pido disculpas por ello, todo formó parte de la promoción de la pelea»

         El 7 de noviembre de 2011, a las 23:20 hora de Filadelfia, falleció Joe Frazier a causa de un cáncer de hígado. Yo volví a levantarme más veces de madrugada para ver boxeo durante aquellos años, como cuando Pedro Carrasco se enfrentó a Mando Ramos en Los Ángeles. Y repetí el hábito cuando “Tele 5” regresó con el boxeo desde el otro lado del Atlántico al final de la década de los 80, pero nunca hubo otra pelea como aquella en la que “El Expreso de Filadelfia” Joe Frazier, “Smokin’ Joe”, destrozó a Cassius Clay,  “The Louisville Lip”, “El bocazas de Louisville”.

            “El primero, el de 1971 en Nueva York, fue el mejor de todos. Pero no solamente fue el mejor de los tres que disputamos nosotros: entonces pronostiqué que iba a ser una barbaridad de pelea y ahora, con el paso de los años, estoy seguro de que fue el mejor combate de todos los tiempos. Por tantas cosas…” [22]

JOE FRAZIER 7

[1] Berger, Phil y Frazier, Joe. “Smokin Joe. The Autobiography”. MacMillan. USA. 1996.

[2] Vadillo, Fernando. Diario deportivo “As”. 8-3-1971. Madrid.

[3] Torres, David. “El gran silencio”. Ediciones Destino, S.A., 2003

[4] Berger, Phil y Frazier, Joe, op. cit.

[5] Colección “Grandes campeones. Combates legendarios. Boxeo. Joe Frazier, El agresivo “Smokin Joe”.

[6] Revista “Boxeo español”.

[7] Colección “Grandes campeones. Combates legendarios. Boxeo. Joe Frazier, El agresivo “Smokin Joe”.

[8] Vadillo, Fernando. Diario deportivo “As”. 10-3-1971.

[9] Torres, David, op. cit.

[10] Berger, Phil y Frazier, Joe. op. cit.

[11] Colección “Grandes campeones. Combates legendarios. Boxeo. Joe Frazier, El agresivo “Smokin Joe”.

[12] Colección “Grandes campeones. Combates legendarios. Boxeo. Joe Frazier, El agresivo “Smokin Joe”.

[13] Colección “Grandes campeones. Combates legendarios. Boxeo. Joe Frazier, El agresivo “Smokin Joe”.

[14] Berger, Phil y Frazier, Joe. op. cit.

[15] Colección “Grandes campeones. Combates legendarios. Boxeo. Joe Frazier, El agresivo “Smokin Joe”.

[16] Colección “Grandes campeones. Combates legendarios. Boxeo. Joe Frazier, El agresivo “Smokin Joe”.

[17] “28-1-1974. Revancha sin el título en juego”. Diario As. 22 de noviembre de 2006.

[18] Delmás, Alejandro. En “Diario As”, 23 de noviembre de 2006

[19] Carreño, Vicente. “El tanque que hizo sufrir a Ali”. Diario As. 22 de noviembre de 2006.

[20] Delmás, Alejandro. “Diario As”, 23 de noviembre de 2006

[21] Delmás, Alejandro, op. cit.

[22] Delmás, Alejandro, op. cit.

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