Lucio y Valentín

Hombres fuertes de carne y hueso

De niño me atraía leer la historia de Sansón o los trabajos de Hércules. Más tarde ese espacio fue conquistado por los tebeos de “El Jabato”, quien acompañado de Fideo y, muy especialmente para mí, por Taurus, recorrían el mundo en la era romana luchando contra todas las injusticias. Después, cuando empecé a interesarme y a estudiar la teoría del entrenamiento, surgió Milón de Crotona, con su leyenda del novillo, y más tarde toro, sobre los hombros, dando la vuelta al estadio olímpico. El nexo común en todos era su fuerza descomunal, sobrehumana en todos los casos. Pero también había personas a mi alrededor, gente de carne y hueso, que en su día a día se veían obligados a hacer un despliegue de fuerza para ganarse la vida. Estos no recibían los aplausos del público en su desempeño. Llegaban a casa cansados y, tras unas pocas horas de sueño, no tenían más remedio que volver a empezar al día siguiente.

padre e hijo

No conocí el Madrid de principios del siglo XX, ese Madrid que nos describe Arturo Barea, donde “… algunos gallegos de la Plaza de la Cebada… se ganan la vida subiendo los serones de fruta a hombros a las fruterías de Madrid. Para poder ganarse la vida así, lo hacen más barato que los carros que cobran dos reales. Y por un real o treinta céntimos van corriendo y atropellando a la gente por las calles, con uno o dos serones que pesa cada uno unos 50 kilos, a veces hasta el barrio de Salamanca. La gente no se enfada cuando tropiezan a alguien, porque los pobres van reventando con el peso y la prisa no ven. Además, van corriendo y no se pueden parar porque tienen una manera de llevar el peso tan grande que les hace andar deprisa y sentir menos la carga…”[1], pero sí viví el de principios de los 70 y conocí a algunos que se ganaban la vida, sino haciendo los mismos esfuerzos, sí otros parecidos. Me quiero centrar en dos  personas en concreto, de los que tarde tiempo, mucho tiempo, en valorar la fuerza que tenían; quizá porque a uno de ellos lo tenía en casa todos los días y al otro con bastante frecuencia. El primero de ellos es mi padre, sin duda el gran héroe de mi infancia, de mi vida; aunque también tardase mucho tiempo en ser consciente de ello. El segundo, mi tío Valentín, un hombre fuerte como pocos; aunque nunca ganase una competición deportiva.

personas y furgoneta

Las cosas a mediados de la época de los 70 no eran como ahora. A nadie le extrañaba ver a un niño trabajando. Para nada era un escándalo que un chaval de doce años acompañase a su padre en el reparto con un camión de Pepsi-Cola. En realidad lo único que hacía era eso, acompañarle. En los meses de verano la venta de refrescos era mayor, por lo que los repartidores, que de habitual iban de dos en dos, tenían que multiplicarse y hacer la ruta en solitario. Nunca había vacaciones para ellos en esos meses. Así que, aprovechando que tampoco había colegio, había mañanas que, después de cargar el camión, mi padre volvía a casa para buscarme. Me pedía que me fuese con él y así “vigilaba” para que nadie le quitase botellas (¡menudo vigilante estaba yo hecho!). Supongo que la idea, además de para no pasar el día solo, era quitarle trabajo a mi madre, que éramos muchos en casa y uno más no hacía más que aumentar el enredo. También me engatusaba con una pequeña comisión en función de las cajas que vendiésemos.

Ayudarle creo que le ayudaba poco. Con el tiempo aprendí a manejarme un poco con las cajas vacías (dejábamos las cajas con las botellas llenas y teníamos que recoger las cajas con botellas vacías, que luego en la fábrica se lavaban y se reutilizaban). Las iba ordenando un poco para dejar espacio a las llenas, pero estas últimas eran demasiado pesadas para mí. Estuve varios años yendo con él y llegué a mover cajas de botellas pequeñas, pero a las de litro (cajas de plástico con doce botellas de cristal con un litro de Pepsi-Cola cada una), ni me acercaba. No podía con ellas. También llevábamos cajas de madera. Lo más que conseguía con éstas era clavarme alguna astilla, así que procuraba verlas de lejos.

furgoneta de reparto

Recuerdo a mi padre una mañana llevando cajas de Pepsi-Cola y Mirinda a un sitio que supongo debía ser una discoteca. Había un montón de escaleras. Ponía una a continuación de la otra, haciendo que coincidiesen los agarres para poderlas coger juntas. Dos en una mano y dos en la otra. En cada caja veinticuatro botellas de 250 cc, de cristal. Bajaba cuatro llenas, subía cuatro vacías. No tenían costumbre de utilizar el carro. La mayoría de las veces ni llevábamos. Yo veía los chorros de sudor que le caían por la frente y le empapaban la camisa. Me parecía imposible que alguien pudiese hacer eso, pero ahí estaba él haciéndolo.

Lo que más me impresionaba era como llevaba las cajas de botellas de litro. Ponía una encima de la otra y se echaba las dos al hombro. Y así, andando al bar o a la tienda de turno. Lo hacía con facilidad, como si pudiese hacerlo cualquiera. Le pregunté cuando pesaba cada caja de aquellas. Veinticinco kilos. Para alguien que levante peso como deporte no parece mucho, un “disco de los rojos” (dos, si se hace como lo hacía mi padre, o uno de los “verdes”, para los que conocimos los discos de 50 kilos), pero cuando hay que hacerlo una y otra vez a lo largo de un día y otro día… La venta de cada día rondaba las 200 cajas, aunque algún día le tocaba ir a un hotel, dejar allí toda la carga y volver a la fábrica para descargar y volver a poner más cajas en el camión.

marido y mujer

Mi tío Valentín era albañil. Vivía en Mora (Toledo), pero siempre trabajaba en Madrid. Tuvo temporadas en las que pasaba la semana en la ciudad y sólo volvía a su casa el fin de semana… si no le salía alguna “chapuzilla” para hacer en esos días. En mi casa estaba a menudo. Mi madre era su hermana pequeña, la que iba detrás de él. A veces le pedía que hiciese pequeñas reformas en la casa. Le recuerdo con otros dos tíos míos cambiando puertas y ventanas, tirando una pared y levantando otra, cosas así. Cuando decidí que no quería continuar con el instituto, me dijo que en cuanto tuviese dieciocho años me iría a trabajar con él. Cuando le veía lo que hacía, me echaba a temblar.

A finales de la década de los 70 mis padres compraron una casa en Santorcaz. Lo de una “casa” es un decir. Prácticamente había que hacerla nueva. Allí se fue mi tío. Recuerdo un día que tuve que ayudarle toda una mañana. Me mando subirme a lo que iba a ser el segundo piso y él se quedó abajo, en la calle. Empezó a lanzarme ladrillos de dos en dos. Yo tenía que cogerlos y dejarlos detrás de mí. No sé cuánto tiempo estuvo tirándome ladrillos. ¡No se cansaba! Y los ladrillos no se acababan nunca.

soldados

Y si mi padre se llevaba dos cajas de litro de Pepsi-Cola al hombro como si estuviese jugando con ellas, mi tío hacía lo mismo con los sacos de cemento. Para mi eran un auténtico peso muerto, pero él los cogía como si tal cosa. Recuerdo haberle visto con dos al hombro. Hace unos años leí en algún sitio que los sacos de cemento eran de veinticinco kilos, pero a mí eso no me cuadraba. Así que, en una de las ocasiones que le vi antes de que falleciese, le pregunté de cuánto peso eran aquellos sacos: “de cincuenta kilos”, me dijo, “luego los hicieron de veinticinco porque se quejaban de que se manejaban muy mal”. No le dio la menor importancia. Yo ni me atreví a decirle nada.

Lucio y Valentín eran aproximadamente de la misma edad. Mi padre nació en abril de 1932 y aún vive; mi tío en noviembre de 1931 y falleció en diciembre de 2016. Nunca ganaron una competición de levantamiento de peso, pero no conozco nadie mejor, ni con más méritos, que ellos para inaugurar esta galería de hombres fuertes.

padre e hijo en la actualidad

[1] Barea, Arturo. “La Forja”, 1940.

1 comentario en “Lucio y Valentín”

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